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23 de marzo de 2011

Invierno de 1179

Roger se tumbó en el camastro. Afuera, el sol se había ya puesto y al día siguiente tenía que estar preparado temprano, pues tenían órdenes de partir al alba. Pero Roger sabía que el sueño le sería esquivo. Como le llevaba sucediendo los últimos días.

Nada ni nadie le había preparado para eso. Ni las historias que su padre le contaba en el regazo, ni su tiempo con el caballero de Montaca, y mucho menos los años de novicio en Chipre. Nada le había preparado para los horrores de la guerra.

Cuando finalmente conseguía, no sin esfuerzo, empezar a dormir, una y otra vez le volvían a la mente los recuerdos del campo de batalla. Los gritos de los moribundos implorando que alguien acabara su sufrimiento, el olor metálico y ligeramente dulzón de la sangre y las vísceras.

Los cuervos y buitres, por doquier alimentándose de los cadáveres, eran los únicos vencedores de esos combates.

Había momentos, sobretodo cuando se echaba a dormir, que llegaba a envidiar a sus compañeros. Su fundamentalismo les permitía dormir tranquilos por la noche y entablar combate sin duda alguna. Sin que se les pase por la cabeza que delante de si está otro ser humano como ellos.

9 de enero de 2011

Otoño de 1179

Por fin salió el sol por el horizonte y las puertas de la capilla hospitalaria se abrieron. Tras un par de minutos, de ella salió Roger, que después de pasar la noche velando las armas se había convertido en Caballero de la Orden del Hospital de San Juan.

Mientras avanzaba, mirando a sus hermanos de la orden, no podía evitar sentirse extraño. Cuando era un niño, lejos de allí en su tierra natal, había soñado una infinidad de veces con este momento. Pero ahora que por fin había llegado se sentía vacío. La realidad nunca está a la altura de los sueños.

Pero lo que es más, las dudas que Roger trajo consigo cuando desembarcó en Chipre tres años atrás, no sólo seguían con él, sino que habían aumentado. Las noticias que llegaban de Tierra Santa, mientras que para los demás novicios servían para reafirmarles en su decisión, a él, le llenaban todavía más de dudas.

Dos años después todavía recordaba las noticias sobre la batalla de Montgisard, donde las fuerzas de Balduino de Jerusalén vencieron de manera aplastante a las de Saladino. Y esa fue toda la información que recibieron por parte de los instructores en la orden. Pero, a través de comerciantes y viajeros, Roger averiguó más. Que las fuerzas cruzadas habían sido muy inferiores en número. Que vencieron gracias a un contingente de caballeros de la Orden del Temple que resistió hasta el fin. Y que los caballeros hospitalarios no participaron. Todo eso le llenó de preguntas.

Cuando intentó obtener respuestas por parte de los instructores en la encomienda hospitalaria, lo único que obtuvo fue castigo. Y a partir de ese tiempo, fue notando a su alrededor que en la orden había un fuerte sentimiento contrario a los caballeros templarios.

Si Roger ya tenía dudas respecto a los sarracenos como infieles que sólo merecían la muerte, ese desprecio hacia los templarios, que estaban luchando de su mismo lado, acabó por minarle su motivación.

Su participación en los rituales era llevada con inercia mecánica, igual que sus clases. Tan sólo, las prácticas físicas lograban traerle al presente y le daban refugio en el océano de dudas en el que se encontraba.

Así pues, con plena indiferencia, Roger se arrodilló delante del capellán y besó la cruz. Ése era su destino, lo quisiese o no.

6 de agosto de 2009

Verano de 1176

Un grupo de gaviotas chillaba animadamente ante la llegada de un nutrido grupo de barcos mercantes. Estos siempre representaban una abundante fuente de comida para esos pájaros carroñeros que tanto abundaban en las poblaciones humanas costeras.

Roger sonrió ante el grito de esas aves mientras una suave brisa marina le acariciaba el pelo largo. Todo era tan diferente de casa. De ese pequeño valle en el que había crecido y que ahora quedaba tan, tan lejos.

Hacía ya más de un año que había abandonado su hogar en los Pirineos y en todo este tiempo, el mundo había crecido enormemente. No, se obligó a pensar, el mundo no ha crecido, siempre ha sido igua de grande es sólo que ahora sé más cosas de él.

De camino a Marsella se habían cruzado con un grupo de cátaros. Pese a ser cristianos como ellos, veían algunas cuestiones de manera muy diferente a como siempre le habían enseñado. Al principio, a Roger le fue muy sencillo pensar que simplemente estaban equivocados. Al fin y al cabo, los cátaros eran un grupo pequeño que se encontraba sólo al otro lado de los Pirineos y ellos, los verdaderos cristianos estaban por todas partes. A medida que iba avanzando el viaje, empezó a cambiar su punto de vista y se lamentaba de no haber aprovechado la oportunidad de aprender algo más de ellos.

En Marsella en el barco en el que embarcaron viajaban también varias familías judías. Pero, sobre todo, estaba Judith. Una mujer de veinticinco años que se había quedado viuda recientemente y que volvía a Italia con su familía. Todo en su figura era embriagante y sensual y le enseñó a Roger un mundo nuevo de sensaciones y placeres. Ahora, que llegaba finalmente a su meta, todavía podía sentir en sus dedos el recuerdo de la suave piel de la mujer judía.

A su lado el caballero de Montcada desembarcó en el puerto de Paphos y casi por pura inercia Roger le siguió. Que fácil había sido irse de casa de sus padres el año anterior. El mundo era tan pequeño, tan sencillo. Ellos, los cruzados, eran lo buenos y tenían el deber de vencer al perro infiel y recuperar Tierra Santa. Pero ya no lo veía tan claro.

Lo que antes era una simple composición de blanco y negro ahora se había convertido en un matiz de grises. ¿Estaría haciendo lo correcto?

Mientras seguía con el debate interno, Roger Desllor siguió el camino que le llevaría al capítulo de la Orden de los Caballeros del Hospital de San Juan, donde sería ordenado Caballero de Honor y Devoción.

6 de julio de 2009

Primavera de 1175

El escudero Roger Desllor detuvo su caballo y se dio la vuelta, para mirar, quizás por última vez, el pueblo de Ripoll, donde se había criado. Mientras observaba el valle desde la distancia, en su mente afloraron un montón de recuerdos. La casa donde se crió. El prado donde su padre le enseñaba a utilizar una espada. El recodo del río donde él y sus hermanos iban en verano a bañarse. La arboleda donde iba a escondidas con Beatriu y donde se dieron su primer beso. A la vez que se dibujaba una sonrisa en sus labios, sus ojos se humedecieron levemente. Pero, él no podía llorar. Los hombres no lloran. Y él tenía ya quince años.

Con un último vistazo, se despidió de su pasado y se dio la vuelta hacia el séquito del caballero de Montcada, amigo de su padre y que le ayudaría a convertirse en caballero de la Orden del Hospital de San Juan, como su padre antes que él, tal y como correspondía a todo segundo hijo. Su hermano mayor, ramon, heredaría las tierras, mientras que su hermano pequeño, Llorenç, era ya novicio en el monasterio de Santa Maria de Ripoll. Su hermana gemela, Dolça, se casaría a finales de verano con Joan, heredero de una de las familias terratenientes de la zona.

Pero Roger no quería pensar más en lo que dejaba atrás, sino tan sólo en el futuro que se le abría delantes. Después de unos días de viaje llegarían a la ciudad de Girona, donde se unirían a algún grupo que se dirigiese hasta Marsella y, desde allí, embarcarían con destino a Chipre, donde, con suerte, Roger sería nombrado caballero de la Orden del Hospital de San Juan.