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27 de marzo de 2011

La Historia del Zarévich Viktor (VIII)

Cuando la Loba apareció con el zarévich en el vasto patio del palacio todo pareció tomar más vida. Elena la Bella sonrió, secando sus lágrimas; se oyó relinchar en la cuadra al Caballo de las Crines de Oro, y el Pájaro de Fuego esparció tal resplandor, que llenó de luz todo el palacio.

Al entrar Viktor en éste, vio todos los preparativos para el banquete de boda y que estaban ya reunidos los invitados a la ceremonia para acompañar a los novios Dmitriy y Elena. Ésta, al ver a su amigo, se le echó al cuello abrazándolo estrechamente, viéndose salvada de nuevo. En ese momento, volvió a aparecer la anciana bruja quien contó al zar cómo fue Viktor quién sacó a Elena de su reino, consiguió el Caballo de las Crines de Oro y obtuvo al Pájaro de Fuego; y, que después, mientras Viktor dormía, sus hermanos lo habían matado. Elena con lágrimas en los ojos, asintió a las palabras de la anciana, que sin añadir nada más, desapareció otra vez. El zar Aleksey, lleno de cólera, ordenó que expulsasen de su reino a sus dos hijos mayores.

Dos días después, Viktor acompañó a Elena, que iba a lomos del Caballo de las Crines de Oro al límite de su reino. En el cielo, el Pájaro de Fuego volaba libre.

- Gracias por todo lo que has hecho por mí, Viktor.

Y tras despedirse se alejó, hacia el horizonte. El zarévich se tumbó en la hierba, sin poder parar de pensar en la Loba Plateada que había desaparecido sin ningún aviso.

- ¿Me echabas de menos? - oyó su voz cristalina cerca de él.

Al girar la vista, Viktor quedó sorprendido. En lugar de la enorme loba de piel grisácea, se encontraba una bella joven con una larga cabellera plateada.

- ¿Eres tú, amiga mía?

- Sí, zarévich Viktor, soy yo. - dijo mientras se acercó a él - La anciana bruja es mi madre, y me pidió que te ayudará en tu empresa.

- Sin tu ayuda, jamás lo hubiera logrado. Y ahora que todo ha acabado, no volveré a verte. - dijo cabizbajo.

- No tiene porque ser así, Viktor.

El zarévich Viktor y la joven de melena plateada se besaron y vivieron juntos y felices hasta el final de sus días.

21 de marzo de 2011

La Historia del Zarévich Viktor (VII)

El cuerpo destrozado de Viktor quedó por algún tiempo al pie del árbol y, ya cuando empezaban a acercarse las fieras y las aves de rapiña para devorarlo, llegó allí la Loba Plateada, estremeciéndose al ver el estado del cuerpo.

- ¡Pobre zarévich Viktor! ¡Apenas te dejé, te sobrevino una desgracia! Es menester que te auxilie una vez más.

Ahuyentó a los pájaros y fieras que rodeaban ya el cuerpo del joven y se escondió detrás de un zarzal. Al poco vio venir volando a un cuervo que, acompañado de sus pequeñuelos, venía a picotear en el cadáver; cuando pasaron delante de él, saltó desde el zarzal y se abalanzó sobre los pequeños. El Cuervo Padre empezó a gritarle.

- ¡Oh, Loba Plateada! ¡No te comas a mis hijos!

- Los despedazaré si no me traes en seguida el Agua de la Vida y el Agua de la Muerte.

Elevó el vuelo el cuervo Padre y se perdió de vista. Al tercer día, regresó trayendo dos frascos con él. Entonces, la Loba Plateada hizo pedazos a uno de los cuervecitos y lo roció con el Agua de la Muerte y, al momento, los pedacitos volvieron a unirse; cogió el frasco del Agua de la Vida, lo roció igualmente con ella y el cuervecito sacudió sus plmas y echó a volar. Entonces, la Loba Plateada repitió con el zarévich la misma operación de rociarlo con las dos aguas, que lo hicieron resucitar y levantarse.

- ¿Cuánto tiempo he dormido?

- Habrías dormido eternamente si yo no te hubiese resucitado. Tus hermanos, después de matarte, hicieron pedazos tu cuerpo. Con las plumas del Pájaro de Fuego, la anciana logró salvar a tu padre. Pero he venido a buscarte porque tu hermano Dmitriy está a punto de casarse con Elena la Bella y tu padre, el zar, cederá todo su reino a tu hermano Borislav a cambió del Caballo de las Crines de Oro y del Pájaro de Fuego. Pero, móntate sobre mi lomo, que en un abrir y cerrar de ojos te llevó al palacio para que hagamos justicia.

15 de marzo de 2011

La Historia del Zarévich Viktor (VI)

Mucho se alegró el zar al ver a Viktor, a quien dispensó una gran acogida, saliendo a recibirlo al gran patio de su palacio. Le dio las gracias por haberle traído el Caballo de las Crines de Oro, lo obsequió con un gran banquete que duró todo el día y, sólo cuando empezaba a anochecer lo dejó marchar, entregándole al Pájaro de Fuego.

Acababa de salir el sol cuando Dolmat, que estaba impaciente por estrenar su caballo nuevo, mandó que lo ensillaran y, montándose en él, salió a dar un paseo. Pero en cuanto estuvieron en pleno campo empezó el caballo a dar coces y a encabritarse hasta que lo tiró al suelo. Entonces el zar vio, con gran asombro, cómo el Caballo de las Crines de Oro se transformaba en una loba plateada que desaparecía con la rapidez de una flecha.

Llegó la Loba hasta donde estaba Viktor.

- Móntate sobre mí, zarévich Viktor y, mientras, que la hermosa Elena se sirva del Caballo de las Crines de Oro.

Entonces, lo llevó hasta donde al principio del viaje le había matado el caballo y le habló de este modo.

- Ahora adiós, zarévich Viktor. Te serví fielmente, pero ya debo dejarte.

Y diciendo esto desapareció.

Viktor se quedó desconsolado hasta que, recordando la enfermedad de su padre, retomó con Elena la bella el camino al reino de su padre. Pero, estando cerca de él, quisieron descansar al pie de un árbol. Ató Viktor el caballo, puso junto a sí al Pájaro de Fuego, se tumbó en el musgo y se durmió. Elena la Bella se durmió también cerca de él.

En tanto, los hermanos de Viktor, Dmitriy y Borislav, volvían a su casa con las manos vacías. Habían escogido en la encrucijada el camino que se veía enfrente. Bebieron, se divirtieron grandemente y ni siquiera habían oído hablar del Pájaro de Fuego. Una vez que hubieron malgastado todo el dinero, decidieron volver al reino de su padre y, cuando regresaban vieron al pie de un árbol a su hermano Viktor que dormía junto a una joven de belleza indescriptible. A su lado, pastaba el Caballo de las Crines de Oro y, también descubrieron, posado en una rama, al Pájaro de Fuego.

Los zareviches desenvainaron sus espadas, mataron a su hermano e hicieron pedazos su cuerpo.
Se desperó Elena y, al ver muerto y destrozado a Viktor empezó a temblar de miedo.

- ¿Quién eres, hermosa joven? - preguntó el zarévich Dmitriy.

Y ella le contestó:

- Soy la infanta Elena la Bella. A mi reino fue a buscarme el zarévich Viktor, a quien acabáis de matar.

- Escucha, Elena. - le dijeron los zareviches - Haremos contigo lo mismo que con nuestro hermano Viktor si te niegas a decir que fuimos nosotros los que te rescatamos de tu reino, lo mismo que al caballo y al pájaro.

Temió Elena la muerte y prometió decir todo lo que le ordenasen. Entonces, los zareviches Dmitriy y Borislav se dirigieron, junto con el caballo y el pájaro, al palacio de su padre, alabándose ante la gente de su arrojo y valentía. Los zareviches estaban satisfechísimos, pero la hermosa Elena lloraba incesantemente, el Caballo de las Crines de Oro caminaba con la cabeza tan baja que casi tocaba el suelo con ella, y el Pájaro de Fuego estaba triste y deslucido; tanto que el resplandor que despedía su plumaje era muy débil.

24 de febrero de 2011

La Historia del Zarévich Viktor (V)

Cuando llegaron al reino del zar Afrón, la Loba Plateada se revolcó en el suelo y se quedó transformada en la joven Elena la Bella; y mientras que Viktor se presentaba ante el zar con la fingida infanta, la verdadera se quedó en el bosque esperándolo.

Se alegró grandemente el zar Afrón al verlos llegar, e inmediatamente le dio el caballo prometido, despidiéndolo con mucha cortesía.

Viktor montó sobre el caballo, tras quitarle la brida que lo aprisionaba, llevando consigo a Elena y se dirigieron hacia el reino del zar Dolmat para conseguir la Pájaro de Fuego con el que salvar a su padre.

Mientras tanto, la Loba Plateada seguía viviendo en el palacio del zar Afrón. Pasó un día, y luego otro, y un tercero, hasta que al cuarto le pidió al zar permiso para dar un paseo por el campo. Consintió el zar y salió la supuesta Elena acompañada de damas y doncellas; pero de pronto desapareció sin que las que la acompañaban pudieran decir al zar otra cosa sino que se había transformado en una enorme loba grisácea.

Viktor seguí su camino, cuando sintió una punzada en el corazón.

- ¿Dónde estará ahora mi salvadora, la Loba Plateada?

Y, en el mismo instante, se le presento ésta delante.

- Aquí me tienes. Siéntate, zarévich Viktor, si quieres, en mi lomo.

Pusiéronse los cuatro en marcha y, por fin, llegaron al reino del dolmat. Cerca ya del palacio, habló Viktor.

- Amiga mía, óyeme y hazme, si puedes, un último favor. Quisiera que el zar Dolmat me entregase el Pájaro de Fuego sin tener necesidad de desprenderme del Caballo de las Crines de Oro. Ahora que ha sentido lo que es la libertad, no soporto la idea de que lo vuelvan a encerrar.

Tras mirarlo a los ojos un segundo, la Loba se transformó en caballo.

- Llévame ante el zar Dolmat y recibirás el Pájaro de Fuego.

19 de febrero de 2011

La Historia del Zarévich Viktor (IV)

No sabemos lo que duraría este viaje, pero sí que, al fin, se paró la gran Loba frente a una gran verja dorada que cercaba el jardín del palacio donde vivía Elena la Bella. Al detenerse, habló así a Viktor.

- Esta vez, voy a ser yo quien haga todo, zarévich Viktor. Espéranos a la infanta y a mí en el prado, al pie del roble verde.

Viktor obedeció y la Loba saltó por encima de la verja, escondiéndose entre unos zarzales.

Al atardecer, salió Elena la Bella al jardín para dar un paseo acompañada de sus damas y doncellas, y cuando llegaron junto a los zarzales donde estaba escondida la Loba Plateada, ésta les salió al encuentro, cogió a la infanta, saltó la verja y desapareció. Las damas y las doncellas pidieron socorro y mandaron a los guardianes que persiguieran a la Loba Plateada. Ésta llevó a la infanta junto a Viktor.

- Móntate, zarévich Viktor. Coge en brazos a Elena la Bella y vámonos en busca del zar Afron.

Viktor, al ver la sonrisa inocente que se dibujaba en el rostro de Elena mientras cruzaban velozmente prados y bosques, se le desgarraba el corazón al pensar que tenía que dejársela al zar Afrón, y sin poderse contener rompió en amargo llanto.

- ¿Por qué lloras? - le preguntó entonces la Loba Plateada.

- ¿Cómo no he de llorar si para salvar a mi padre tengo que quitarle la libertad a Elena ahora que empieza a disfrutar de ella?

- Pues escúchame. - le contestó la Loba - Me transformaré en ella y tú me llevarás ante el zar. cuando recibas el Caballo de las crines de Oro, márchate inmediatamente con ella. Y, cuando pienses en mí, volveré a reunirme contigo.

13 de febrero de 2011

La Historia del Zarévich Viktor (III)

Y más rápida que el viento, se lanzó la Loba Plateada, llevando sobre sus lomos a Viktor. Por la noche, se hallaban ya ante las caballerizas del zar Afrón y, de nuevo, la Loba le habló a nuestro héroe.

- Entra en esta cuadra. Los mozos estarán durmiendo profundamente ya. Saca de ella al Caballo de las Crines de Oro; pero no vayas a coger la rienda, que también es de oro, porque si lo haces tendrás un gran disgusto.

Viktor entró con gran sigilo, desató el caballo y vio la rienda que estaba mucho más prieta de lo que debería y deñaba al animal, así que, sin poder contenerse, alargó la mano con intención de quitársela. No bien la hubo tocado cuando, por doquier, empezaron a sonar cascabeles y campanillas. Los mozos guardianes se despertaron, cogieron a Viktor y lo llevaron ante el zar Afrón, que gritó al verlo.

- ¡Dime de qué país vienes y cuál es tu origen!

Viktor contó nuevamente su historia, a la que el zar replicó.

- ¿Y te parece bien robar caballos siendo hijo de un zar? Si te hubieses presentado ante mí, te hubiera regalado el Caballo de las Crines de Oro, pero ahora tendrás que ir lejos, muy lejos, a mil leguas de aquí, a buscar a la infanta Elena la Bella. Si consigues traérmela, te daré el caballo. Si no, no te la daré.

Prometió poner en práctica la voluntad del zar y salió cabizbajo. Al verlo, la Loba Plateada le habló.

- ¡Ay, zarévich Viktor! ¿Por qué me has desobedecido?

- He prometido al zar Afrón - contestó sin levantar la mirada - que le traeré a Elena la Bella. Es preciso que cumpla mi promesa, porque si no, no conseguiré tener el caballo.

- Bien, no te desanimes, que también te ayudaré en esta nueva empresa. Móntate otra vez sobre mí y te llevaré allá.

Se montó de nuevo Viktor sobre la Loba, que salió disparada como una flecha.

8 de febrero de 2011

La Historia del Zarévich Viktor (II)

Y siguió adelante, un día tras otros, hasta que, de repente, se presentó ante él, una enorme loba de piel plateada, que, en un segundo se abalanzó sobre el caballo y lo despedazó. Viktor, sin dejarse desanimar, siguió su camino a pie y continuó andando, andando hasta que no pudo avanzar más debido al cansancio y al dolor de los pies, y se detuvo a tomar aliento y descansar un momento. Entonces, fue cuando lo invadió una gran pena y rompió en amargo llanto. En ese momento, se le apareció nuevamente la loba plateada.

- Siento, zarévich Viktor, - habló con voz cristalina - haberte privado de tu caballo. Monta sobre mí y yo te llevaré a donde necesites.

Sin pensárselo dos veces, Viktor montó sobre ella y, apenas había nombrado al Pájaro de Fuego, la Loba Plateada echó a correr con la velocidad del viento, sin detenerse en ningún momento hasta que llegó frente un robusto muro de piedra.

- Este muro rodea el jardín en el que se encuentra el Pájaro de Fuego, encerrada en su jaula de oro. Trépalo y, escúchame bien, zarévich Viktor, coge una de sus plumas pero guárdate de tocar la jaula.

No sin esfuerzo, Viktor franqueó el muro y llegó al centro del jardín. Lentamente se acercó a la luz rojiza que procedía del Pájaro de Fuego y se agachó para coger una de las plumas que se encontraba sobre la hierba. Entonces, su mirada se encontró con la del Pájaro que estaba triste de encontrarse encerrado en un lugar tan estrecho. Sin pensarlo, Viktor cogió la jaula para dejarlo libre pero, apenas la hubo tocado cuando sonaron mil campanillas que pendían de infinidad de cuerdecitas tendidas en la jaula. Se despertaron los guardianes del jardín y prendieron al zarévich Viktor, llevándolo ante el zar Dolmat.

- ¿Quién eres? - le habló enfadado - ¿De qué país provienes? ¿Cómo te llamas?

Viktor le contó la historia de la aflicción de su padre.

- ¿Te parece digna del hijo de un zar la acción que acabas de realizar? Si hubiese venido a mí directamente y me hubieses pedido una pluma del Pájaro de Fuego, yo te la habría dado de buen grado; pero ahora tendrás que ir a mil leguas de aquí y traerme el Caballo de las Crines de Oro, que pertenece al zar Afrón. Si lo consigues, te entregaré el Pájaro de Fuego.

Volvió Viktor junto a la Loba Plateada.

- ¡Ay, zarévich Viktor! ¿Por qué no hiciste caso de lo que te dije? ¿Qué haremos ahora?

- No podía dejar al Pájaro de Fuego atrapado en esa jaula. He prometido al zar Dolmat que le traeré el Caballo de las Crines de Oro. Y tengo que cumplirlo, porque si no, no me dará el Pájaro de Fuego.

- Bien. Pues móntate de nuevo sobre mí y vamos allá.

30 de enero de 2011

La Historia del Zarévich Viktor (I)

Hace ya muchos, muchos años, en la grande y fría Rusia, vivía el zar Aleksey, junto con su tres hijos, Dmitriy, Borislav y Viktor. Un día, el zar cayó enfermo de manera repentina y nada parecía proporcionarle mejora ni alivio. Por su palacio pasaron los mejores médicos del reino, y ninguno de ellos supo hallar una cura que funcionase. Hasta que un día, en el que llegó una vieja matrona y tras observar al zar se llevó a su tres hijos a parte.

- La enfermedad de vuestro padre no es natural y ningún brebaje o ungüento podrá salvarle.

- Padre morirá. - Borislav, el hermano mediano, empezó a llorar desconsolado.

- No os desaniméis todavía, jóvenes zaréviches. Existe un remedio para su aflicción.

- Dinos ya cual es, bruja. - interrumpió bruscamente Dmitriy, el hermano mayor.

- ¿Son esas maneras de tratar a quién viene a vosotros con ayuda? Para poder curarlo, necesitaré una de las plumas del Pájaro de Fuego.

- Eso es maravilloso. - exclamó jubiloso Viktor, el hermano pequeño - Gracias por tus sabias palabras. Vamos a contárselo a padre.

El zar, pese a su estado afligido, dio las gracias a su hijo menor y elogió la sabiduría de la anciana. Pero los hermanos mayores sintieron envidia de él.

- No creemos, padre que sea una gran proeza arrancar a un pájaro una de sus plumas. Nosotros iremos en busca del Pájaro de Fuego y te lo traeremos.

Reflexionó el zar unos instantes y, al fin, consintió en ello. Los zaréviches Dmitriy y Borislav hicieron sus preparativos para el viaje y, una vez terminados, se pusieron en camino. Viktor pidió permiso a su padre para que lo dejase marchar y, aunque el zar y sus consejeros quisieron disuadirlo, tuvieron que ceder finalmente a sus ruegos y dejarlo partir.

El zarévich Viktor, después de atravesar extensas llanuras y altas montañas, se encontró en un sitio del que partían tres caminos y donde había un poste con la siguiente inscripción.

“Aquél que tome el camino de enfrente no llevará a cabo su empresa, porque perderá el tiempo en diversiones: el que tome el de la derecha conservará la vida, si bien perderá su caballo, y el que siga el de la izquierda, morirá.”

El zarévich Viktor reflexionó un rato y, finalmente, tomó el camino de la derecha.

24 de agosto de 2009

El caballero Percival y la bruja Nimué

Esta fábula no es mía, pero la leí hace tiempo y siempre me ha parecido interesante, así que hoy os la regalo, aunque reconozco que he cambiado algunos detalles para hacerla más mía.

Esta historia nos lleva a una época antigua, una época de espada y brujería, la época del Rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda, tiempo de hechicería y castillos de puentes levadizos, tiempo de intrigas y batallas heroicas, tiempo de dragones mágicos que arrojan fuego por la boca y de paladines de honor y valor ilimitados.

Pero el caso es que el rey Arturo había enfermado. En tan solo dos semanas su debilidad lo había postrado en su cama y ya apenas no comía. Todos los médicos de la corte fueron llamados para curar al monarca pero ninguno era capaz de diagnosticar su mal. Y pese a todos los cuidados, el rey no paraba de empeorar

Una mañana, mientras los sirvientes aireaban la habitación donde el rey yacía dormido, uno de ellos le dijo a otro con tristeza:

- Morirá…

En el cuarto estaba Sir Percival, el más heroico y apuesto de los caballeros de la mesa redonda y uno de los más fieles amigos de Arturo. Percival escuchó el comentario del sirviente y se puso de pie como un rayo, tomó al sirviente de las ropas y le gritó:

- Jamás vuelvas a repetir esa palabra, ¿entiendes? Arturo vivirá, el rey se recuperará…. Sólo necesitamos encontrar al médico que conozca su mal, ¿te ha quedado claro?

El sirviente, temblando, se animó a contestar:

- Lo que pasa, señor, es que Arturo no está enfermo, está embrujado.

No olvidemos que eran épocas donde la magia era tan lógica y natural como la ley de gravedad.

- ¿Por qué dices eso de una maldición? - preguntó Percival.

- Tengo muchos años, mi señor, y he visto decenas de hombres y mujeres en esta situación, y solamente uno de ellos ha sobrevivido.

- Si es así, eso quiere decir que existe una posibilidad… Dime cómo lo hizo ése, el que escapó de la muerte.

- Se trata de conseguir la ayuda de un brujo más poderoso que el que realizó el conjuro; si eso no se hace, el hechizado muere.

- Estoy seguro de que debe haber en Camelot un hechicero suficientemente poderoso, - dijo Percival - y si no está en el reino lo iré a buscar del otro lado del mar y lo traeré.

-Por lo que yo sé hay solamente dos personas suficientemente poderosas como para curar a Arturo, Sir Galahad; uno es Merlín, que ahora se encuentra en Avallach y tardaría al menos dos semanas en llegar y no creo que nuestro rey pueda soportar tanto.

- ¿Y la otra?

El viejo sirviente bajó la cabeza moviéndola de un lado a otro negativamente.

- La otra es Nimué, la bruja de la montaña… Pero aun cuando alguien fuera suficientemente valiente para ir a buscarla, lo cual dudo, ella jamás vendría a curar al rey que la expulsó del palacio hace tantos años.

La fama de Nimué era realmente siniestra. Se sabía que era capaz de transformar en su esclavo al más bravo guerrero con solo mirarlo a los ojos; se decía que con solo tocarla se le helaba a uno la sangre en las venas; se contaba que hervía a la gente en aceite para comerse su corazón. Pero Arturo era el mejor amigo que Percival había tenido en la vida, había batallado a su lado cientos de veces, había escuchado sus penas más banales y las más profundas. No había riesgo que él no corriera por salvar a su soberano, a su amigo y a la mejor persona que había conocido nunca. Percival calzó su armadura y montando su caballo se dirigió a la montaña Negra donde estaba la cueva de la bruja Nimué.

Apenas cruzó el río, notó que el cielo empezaba a oscurecerse. Nubes opacas y densas perecían ancladas al pie de la montaña. Al llegar a la cueva, la noche parecía haber caído en pleno día. Percival desmontó y caminó hacia el agujero en la piedra. Verdaderamente, el frío sobrenatural que salía de la gruta y el olor fétido que emanaba del interior lo obligaron a replantear su empresa, pero el caballero resistió y siguió avanzando por el piso encharcado y el lúgubre túnel. De vez en cuando, el aleteo de un murciélago lo llevaba a cubrirse instintivamente la cara.

A quince minutos de marcha, el túnel se abría en una enorme caverna impregnada de un olor acre y de una luz amarillenta generada por cientos de velas encendidas. En el centro, revolviendo una olla humeante, estaba Nimué

Era una típica bruja de cuento, tal y como se la había descrito su abuela en aquellas historias de terror que le contaba en su infancia para dormir y que lo desvelaban fantaseando la lucha contra el mal que emprendería cuando tuviera edad para ser un caballero de Camelot. Allí estaba, encorvada, vestida de negro, con las manos alargadas y huesudas terminadas en larguísimas uñas que parecían garras, los ojos pequeños, la nariz ganchuda, el mentón prominente y la actitud que encarnaba el espanto.

Apenas Percival entró, sin siquiera mirarlo Nimué le gritó:

- ¡Vete antes de que te convierta en un sapo o en algo peor!

- Es que he venido a buscarte, —dijo Percival— necesito ayuda para mi amigo que está muy enfermo.

- Je… je… je… - rió ácidamente Nimué - Sé quien eres, Percival de Camelot. Así que Arturo está embrujado y a pesar de que no he sido yo quien ha hecho el conjuro, nada hay que puedas hacer para evitar su muerte.

- Pero tú… seguro que tú eres más poderosa que quien hizo el conjuro, Nimué. Tú podrías salvarlo. - argumentó Percival.

- Pero, ¿por qué haría yo tal cosa? - preguntó la bruja recordando con resentimiento el desprecio del rey.

- Por lo que pidas, - dijo Percival - me ocuparé personalmente de que se te pague el precio que exijas, sea cual sea.

Nimué miró al caballero. Era ciertamente extraño tener a semejante personaje en su cueva pidiéndole ayuda. Aun a la luz de las velas Galahad era increíblemente apuesto, lo cual sumado a su porte lo convertía en una imagen de la gallardía y la belleza.

La bruja lo volvió a mirar de reojo y anunció:

- El precio es este: si curo al rey y solamente si lo curo….

- Lo que pidas… - dijo Percival.

- Te casarás conmigo.

Percival se estremeció. No concebía pasar el resto de sus días conviviendo con Nimué pero, sin embargo, era la vida de Arturo. Cuántas veces su amigo había salvado la suya durante una batalla. Le debía no una, sino cien vidas… Además, el reino necesitaba de la guía de Arturo.

- Así sea, - dijo el caballero - si curas a Arturo te desposaré, tienes mi palabra. Pero por favor, apúrate, temo llegar al castillo y que sea tarde para salvarlo.

En silencio, Nimué tomó una maleta, puso unos cuantos frascos de polvos y brebajes en su interior, recogió una bolsa de cuero llena de extraños ingredientes y se dirigió al exterior, seguida por Percival.

Al llegar afuera, Sir Percival trajo su caballo y con el cuidado con que se trata a una reina ayudó a Nimué a montar en la grupa. Montó a su vez y empezó a galopar hacia el castillo real. Una vez en el castillo, gritó al guardia para que bajara el puente, y éste con reticencia lo hizo. Franqueado por la gente de aquella fortaleza que murmuraba sin poder creer lo que veía o se apartaba para no cruzar su mirada con la horrible mujer, Percival llegó a la puerta de acceso a las habitaciones reales.

Con la mano impidió que Nimué se bajara por sus propios medios y se apuró a darle el brazo para ayudarla. Ella se sorprendió y lo miró casi con sarcasmo.

- Si vas a ser mi esposa, - le dijo él - debes ser tratada como tal.

Apoyada en su brazo, Nimué entró en la recámara real. El rey había empeorado desde la partida de Sir Percival; ya no despertaba ni se alimentaba.

El caballero mandó a todos a abandonar la habitación. El médico personal del rey pidió permanecer y Percival consintió.

Nimué se acercó al cuerpo de Arturo, lo olió, dijo algunas palabras extrañas y luego preparó un brebaje de un desagradable color verde que mezcló con un junco. Cuando intentó darle a beber el líquido al enfermo, el médico le tomó la mano con dureza.

- No. - dijo - Yo soy el médico y no confío en brujerías. Fuera de…

Y seguramente habría continuado diciendo “…de este castillo”, pero no llegó a hacerlo; Percival estaba a su lado con la espada cerca del cuello del médico y la mirada furiosa.

- No toques a esta mujer; - dijo Percival - y el que se va eres tú… ¡ahora! - gritó.

El médico huyó asustado. Nimué acercó la botella a los labios del rey y dejó caer el contenido en su boca.

- ¿Y ahora? - preguntó Percival.

- Ahora hay que esperar. —dijo Nimué.

Ya en la noche, Percival se quitó la capa y armó con ella un pequeño lecho a los pies de la cama de Arturo. Él se quedaría en la puerta de acceso cuidando de ambos.

A la mañana siguiente, por primera vez en muchos días, el rey despertó.

- ¡Comida! - gritó - Quiero comer… Tengo mucha hambre.

- Buenos días majestad. - saludó Galahad con una sonrisa, mientras hacía sonar la campanilla para llamar a la servidumbre.

- Mi querido amigo, - dijo el rey - siento tanta hambre como si no hubiese comido en semanas.

—Es que no has comido en semanas. —le confirmó Galahad sonriendo.

En eso, a los pies de su cama apareció la imagen de Nimuémirándolo con una mueca que seguramente reemplazaba en ese rostro a la sonrisa. Arturo creyó que era una alucinación. Cerró los ojos y se los refregó hasta comprobar que, en efecto, ella estaba allí, en su propio cuarto.

- Nimué, te he dicho cientos de veces que no quería verte cerca de palacio. ¡Fuera de aquí! - ordenó el rey.

- Perdón majestad, - dijo Percival - pero debes saber que si la echas me estás echando también a mí. Es tu privilegio echarnos a ambos, pero si se va Nimué me voy yo.

- ¿Te has vuelto loco? - preguntó Arturo - ¿Adónde irías tú con este monstruo infame?

- Cuidado Arturo, eres mi amigo, pero estás hablando de mi futura esposa.

- ¿Qué? ¿Tu futura esposa? Yo he querido presentarte a las jóvenes casaderas de las mejores familias del reino, a las princesas más codiciadas de la región, a las mujeres más hermosas del mundo, y las has rechazado a todas. ¿Cómo vas ahora a casarte con ella?

Nimué se arregló burlonamente el pelo y dijo:

- Es el precio que ha pagado para que yo te cure.

-¡No! - gritó el rey - Me opongo. No permitiré esta locura. Prefiero morir.

- Ya está hecho, majestad. - dijo Percival.

- Te prohibo que te cases con Nimué. - ordenó Arturo.

- Majestad, - contestó Percival - existe solo una cosa en el mundo más importante para mí que una orden tuya, y esa es mi palabra. Yo hice un juramento y me propongo cumplirlo. Si tú te murieses mañana, habría dos eventos en un mismo día.

El rey comprendió que no podía hacer nada para proteger a su amigo de su juramento.

- Nunca podré pagar tu sacrificio por mí, Percival, eres más noble aún de lo que siempre supuse. - Arturo se acercó a Percival y lo abrazó - Dime alo que sea que pueda hacer por ti.

A la mañana siguiente, a pedido del caballero, en la capilla del palacio el sacerdote casó a la parePercival su bendición y un pergamino en el que cedía a la pareja los terrenos del otro lado del río y la cabaña en lo alto del monte.

Cuando salieron de la capilla, la plaza central estaba inusualmente desierta; nadie quería festejar ni asistir a esa boda; los corrillos del pueblo hablaban de brujerías, de hechizos trasladados, de locura y de posesión…

Percival condujo el carruaje por los ahora desiertos caminos en dirección al río y de allí por el camino alto hacia el monte. Al llegar, bajó presuroso y tomando a su esposa amorosamente por la cintura la ayudó a bajar del carro. Le dijo que guardaría los caballos y la invitó a pasar a su nueva casa.

Percival se demoró un poco más porque prefirió contemplar la puesta del sol hasta que la línea roja terminó de desaparecer en el horizonte. Recién entonces Sir Percival tomó aire y entró.

El fuego del hogar estaba encendido y, frente a él, una figura desconocida estaba de pie, de espaldas a la puerta. Era la silueta de una mujer vestida en gasas blancas semitransparentes que dejaban adivinar las curvas de un cuerpo cuidado y atractivo.

Percival miró a su alrededor buscando a la mujer que había entrado unos minutos antes, pero no la vio.

- ¿Dónde está mi esposa? - preguntó.

La mujer giró y Percival sintió su corazón casi salírsele del pecho. Era la más hermosa mujer que había visto jamás. Alta, de tez blanca, ojos claros, largos cabellos rubios y un rostro sensual y tierno a la vez. El caballero pensó que se habría podido enamorar de aquella mujer en otras circunstancias.

- ¿Donde está Nimué, mi esposa? - repitió, ahora un poco más enérgico.

La mujer se acercó un poco y en un susurro le dijo:

- Tu esposa, querido Percival, soy yo.

- No me engañas, yo sé con quién me casé - dijo Galahad - y no se parece a ti en lo más mínimo.

-Has sido tan amable conmigo, querido Galahad, has sido cuidadoso y gentil conmigo aun cuando sentías que aborrecías mi aspecto, me has defendido y respetado tanto como nadie lo hizo nunca, que te creo merecedor de esta sorpresa… La mitad del tiempo que estemos juntos tendré este aspecto que ves, y la otra mitad del tiempo, el aspecto con el que me conociste… - Nimué hizo una pausa y cruzó su mirada con la de Sir Percival - Y como eres mi esposo, mi amado y maravilloso esposo, es tu privilegio tomar esta decisión: ¿Qué prefieres, esposo mío? ¿Quieres que sea ésta de día y la otra de noche o la otra de día y ésta de noche?

Dentro del caballero el tiempo se detuvo. Este regalo del cielo era más de lo que nunca había soñado. Él se había resignado a su destino por amor a su amigo Arturo y allí estaba ahora pudiendo elegir su futura vida. ¿Debía pedirle a su esposa que fuera la hermosa de día para pasearse ufanamente por el pueblo siendo la envidia de todos y padecer en silencio y soledad la angustia de sus noches con la bruja? ¿O más bien debía tolerar las burlas y desprecios de todos los que lo vieran del brazo con la bruja y consolarse sabiendo que cuando anocheciera tendría para él solo el placer celestial de la companía de esta hermosa mujer de la cual ya se había enamorado?

Sir Percival, el noble y justo Sir Percival, pensó y pensó y pensó, hasta que finalmente levantó la cabeza y habló:

- Ya que eres mi esposa, Nimué, mi amada y elegida Nimué, te pido que seas… la que tú quieras ser en cada momento de cada día de nuestra vida juntos…

Cuenta la leyenda que cuando Nimué escuchó esto y se dio cuenta de que podía elegir por sí misma ser quien ella quisiera, decidió ser todo el tiempo la más hermosa de las mujeres.

Cuentan que desde entonces, cada vez que nos encontramos con alguien que, con el corazón entre las manos, nos autoriza a ser quienes somos, invariablemente nos transformamos.

11 de julio de 2009

El Pingüino que Soñaba con Volar

Hubo una vez un huevo de pingüino que se perdió y fue a parar donde vivía una colonia de gaviotas. Los detalles de esta cuestión, pese a que realmente son muy interesantes, no tiene nada que ver con la historia que ahora nos ocupa.

El caso es que las gaviotas adoptaron al huevo como si fuera propio y cuando éste eclosionó, aceptaron a la cría que de él salió como si fuera una más de la bandada.

A diferencia de los seres humanos, los animales no se dedican a categorizar extensivamente el mundo. Para ellos sólo hay tres tipos de animales: los que te pueden comer, los que pueden ser tu comida y todos los demás. Y así, el pingüino creció dentro del grupo de gaviotas, como uno más, sin diferencia de tratos.

Desde pequeño, siempre le fascinaba enormemente ver como las gaviotas adultas alzaban el vuelo y recorrían el cielo azul. Por las noches, siempre soñaba con el momento en el que, siendo mayor, él podría alzar también el vuelo y, como decían los adultos, sentir la caricia del aire sobre su piel.

Pasaron los meses y sus amigos de la infancia, empezaron a levantar el vuelo. Pero el pingüino, no pudo. Lo intentó, lo intentó continuamente. Al principio, no había día que no intentase levantar el vuelo. Y pensando que quizás se debiera a la altura empezó a subir precipicios desde donde se lanzaba. Pero tampoco funcionó.

Pero el pingüino no se desanimaba. En cuanto sus heridas se curaban, él volvía a intentarlo. Quizás no era el sitio adecuado, o el viento, o no estaba haciendo lo correcto.

Más los resultados eran siempre los mismos. Una vez tras otra, el pingüino siguió cayendo.

Pero a su alrededor, las gaviotas seguían volando y le explicaban la maravillosa sensación que era. Y el pingüino no lo entendía. A su alrededor todo el mundo estaba volando, entonces, ¿qué le ocurría a él? ¿Por qué no podía?

Desconocedor de lo que conllevaba su verdadera naturaleza, el pingüino se pasó el resto de su vida intentando volar, aunque incapaz de reconciliarse con su propio ser, no fue una vida muy larga.