18 de febrero de 2011

Vuelta a la Rutina

Por fin llegó el lunes y, con él, un soplo de normalidad en la vida de Sèbastien. Atravesadas las puertas de acceso al edificio, se detuvo, regalándose unos segundos para sentir el entorno, el ambiente. Incluso, si se esforzaba, le parecía ser capaz de oler el polvo acumulado durante siglos en los pasillos de esa vetusta universidad. Retomó el paso, dirigiéndose al segundo piso.

Al llegar frente al despacho de los becarios del Departamento de Filosofía Práctica, su mano se detuvo a medio camino del pomo de la perta, dándole unos segundos antes de volver a su puesto de trabajo. Sin dilatar más la espera, alargó el brazo y giró el pomo de la puerta.

En el interior del despacho compartido, sentado en su mesa sólo se encontraba Mateo que tras levantar la mirada un segundo al abrirse la puerta volvió a dirigirla a los papeles que tenía en la mesa. Sèbastien ignoró como siempre el comportamiento altivo del español y se dirigió a su mesa. Éste siempre tratabas a los demás con prepotencia. Con tan sólo veinte años ya era profesor adjunto y consideraba que eso lo situaba un escalón por encima de sus compañeros. La verdad es que su pedantería agotaba a Sébastien, Mateo parecía incapaz de pronunciar una frase sin mencionar algún obscuro autor o intentar mostrarse superior intelectualmente a su interlocutor.

Ya sentado, Sébastien empezó a revisar los papeles que llevaban una semana ya en su mesa. Tenía que ponerse las pilas, pues se pronto se le acaba el termino para entregar las notas de los exámenes. Dadas las circunstancias, suponía que nadie se quejaría si se demoraba unos días, pero su sentido del deber le podía. Entonces, se abrió la puerta que conectaba a una pequeña habitación que usaban de archivo y entró Valeria.

Sébastien se quedó mirando a la italiana mientras ésta cruzaba la habitación sin dirigir palabra a ninguno de los dos. Por el rabillo del ojo, no se le escapó que Manuel también desvió su atención de los papeles. Pero es que Valeria era simplemente espectacular. Alta, voluptuosa, de larga melena rubia y penetrantes ojos color turquesa, tenía el cuerpo de una modelo. Y los aires de una princesa mimada. Pese a apenas hacer caso de sus dos compañeros masculinos, Sébastien no dudaba que muchas veces sus poco recatados vestidos los llevaba porque le encantaba la atención recibida, como los hombres la deseaban sin atreverse a acercarse. Centró de nuevo la mirada en los papeles, pero la imagen mental de una Valeria desnuda y jadeante, tumbada encima de su mesa no paraba de distraerle la atención, hasta el punto de que no oyó abrirse la puerta del despacho.

- Sébastien, ya has vuelto. ¿Cómo te encuentras? - la voz tenía un fuerte acento alemán.

Con una sonrisa, el francés levantó la vista. Margareta. Cuando uno la veía, parecía difícil creer que fuese alemana, tanto se diferenciaba del estereotipo de mujer germana. Margareta apenas pasaba del metro y medio, llevaba bastante corto su pelo oscuro y tras unas viejas gafas, se veían unos ojos castaño oscuro. La única de sus compañeros que parecía conservar su humanidad. Y de hecho, parecía tener la de los tres. Mateo solía hacer broma pesadas a costa de su ingenuidad y Valeria se reía de su inocencia, pero Sébastien siempre intentaba defenderla. La verdad es que le daba algo de lástima. A veces, le hacía pensar en un cachorrito abandonado.

17 de febrero de 2011

Ella Sólo Tiene 18

(She’s Only 18, Red Hot Chili Peppers)

Sólo tiene dieciocho,
no le gustan los Rolling Stones.
Tomó un atajo
a la plena madurez.

Tiene ese anillo del humor,
una pequeña rosa hermana,
el olor de Springsteen,
un par de medias.

Este show de animación
se vierte desde una silueta.
Ella dijo, tío, sabes
que es hora de que tus dedos se humedezcan.
Tu jadeo se acelera
cuando no te puedes permitir un cigarro.
Lo último que oí de ti,
eras gritando ‘puedo con ello’.

Noquea al mundo a tus pies,
 golpea directo a su cabeza.
El libro del amor llevará tiempo
riendo cuando tú hayas muerto.
Fascinado por tu apariencia
y por lo que se dijo.
Actúa para todas
las mentes brillantes y que se haga la luz.

Escuché algo de P-Funk
estando en la carretera de nuevo.
Revisar tu cabeza,
es lo que te recomiendo.

Está en tu sangre,
un perfecto Frankenstein.
Cerca de ese solitario pino,
te haré mía.

Se entiende que enredaste
tu vudú alrededor de mi cuello.
Tienes purpurina en tu
cuerpo en la discoteca.
Pondré mi amor en tu horno,
ni una cabeza que contar.
Lo último que oí de ti,
eras gritando ‘resucita’.

Noquea al mundo a tus pies,
 golpea directo a su cabeza.
El libro del amor llevará tiempo
riendo cuando tú hayas muerto.
Fascinado por tu apariencia
y por lo que se dijo.
Actúa para todas
las mentes brillantes y que se haga la luz.

15 de febrero de 2011

14 de Junio de 1992

El olor a pólvora llenaba la habitación e invadía los sentidos de Jack. Éste cerró los ojos y respiro hondamente, absorbiendo ese peculiar aroma. Le hacía sentir vivo, lo ponía en movimiento; pero, sobretodo, le devolvía los recuerdos de porque hacía lo que hacía.

Abrió de nuevo los ojos y miró a Doyle, de treinta años y la piel curtida por su trabajo en los muelles. Éste asintió al resultado del trabajo de Jack, lo que levantó su ánimo. Doyle era increíblemente parco a la hora de mostrar su agrado o que alguien había hecho un buen trabajo. Con orgullo, Jack bajó la mirada a su pequeña obra. Encerrada dentro de un ligero cilindro fácilmente transportable había suficiente carga explosiva como volar un edificio de dos plantas. Mientras lo guardaba en la mochila, empezaba ya a imaginarse las llamas que provocaría la explosión.

Los otros integrantes del grupo iban saliendo de la habitación, algunos de ellos, otros adolescentes de la edad de Jack movían los labios mientras rezaban alguna plegaria en busca de consuelo y de algo que les proporcionase una forma de luchar contra sus nervios y miedos.

Mientras salía, lo único que conjuraba la mente de Jack era la imagen de su madre moribunda atrapada bajo las vigas.

14 de febrero de 2011

Quiero Creer en Cuentos de Hadas

Quiero creer en cuentos de hadas,
quiero creer en finales felices,
quiero creer en buenos que ganan
y en malos que fracasan.

Quiero creer en príncipes y princesas
que cuando todo parece estar perdido
aparecen para salvar el día.

Quiero creer en brujos y brujas
que no esconden sus malas intenciones
tras dulces mentiras.

Quiero creer en ranas y sapos
que al recibir amor y cariño
se transforman en personas.

Quiero creer en historias
donde los sentimientos son de verdad
y todo lo pueden.

Quiero creer en héroes y heroínas
que luchan siempre hasta el final
y nunca dudan.

Quiero creer en dragones y ogros
que pueden ser derrotados
si uno persevera.

Quiero creer en hadas y espíritus
que recompensan las buenas acciones
y la nobleza de corazón.

Quiero creer en cosas imposibles de creer,
como en el amor.

13 de febrero de 2011

La Historia del Zarévich Viktor (III)

Y más rápida que el viento, se lanzó la Loba Plateada, llevando sobre sus lomos a Viktor. Por la noche, se hallaban ya ante las caballerizas del zar Afrón y, de nuevo, la Loba le habló a nuestro héroe.

- Entra en esta cuadra. Los mozos estarán durmiendo profundamente ya. Saca de ella al Caballo de las Crines de Oro; pero no vayas a coger la rienda, que también es de oro, porque si lo haces tendrás un gran disgusto.

Viktor entró con gran sigilo, desató el caballo y vio la rienda que estaba mucho más prieta de lo que debería y deñaba al animal, así que, sin poder contenerse, alargó la mano con intención de quitársela. No bien la hubo tocado cuando, por doquier, empezaron a sonar cascabeles y campanillas. Los mozos guardianes se despertaron, cogieron a Viktor y lo llevaron ante el zar Afrón, que gritó al verlo.

- ¡Dime de qué país vienes y cuál es tu origen!

Viktor contó nuevamente su historia, a la que el zar replicó.

- ¿Y te parece bien robar caballos siendo hijo de un zar? Si te hubieses presentado ante mí, te hubiera regalado el Caballo de las Crines de Oro, pero ahora tendrás que ir lejos, muy lejos, a mil leguas de aquí, a buscar a la infanta Elena la Bella. Si consigues traérmela, te daré el caballo. Si no, no te la daré.

Prometió poner en práctica la voluntad del zar y salió cabizbajo. Al verlo, la Loba Plateada le habló.

- ¡Ay, zarévich Viktor! ¿Por qué me has desobedecido?

- He prometido al zar Afrón - contestó sin levantar la mirada - que le traeré a Elena la Bella. Es preciso que cumpla mi promesa, porque si no, no conseguiré tener el caballo.

- Bien, no te desanimes, que también te ayudaré en esta nueva empresa. Móntate otra vez sobre mí y te llevaré allá.

Se montó de nuevo Viktor sobre la Loba, que salió disparada como una flecha.

12 de febrero de 2011

Otras Vidas

No soy un fulano
con la lágrima fácil,
de esos que se quejan
sólo por vicio.
Si la vida se deja
yo le meto mano
y como, además,
sale gratis soñar
con un poco de imaginación
partiré de viaje enseguida,
a vivir otras vidas,
a probarme otros nombres,
a colarme en el traje y la piel
de todos los hombres
que nunca seré.

Mafioso en Palermo,
mercenario en África,
escultor en Firenze.

Explorador en el Amazonas,
soñador en París,
trompetista en Nueva Orleans.

Estudiante en Japón,
deportado en Siberia,
estrella de televisión.

Nómada en Mongolia,
domador de leones,
mejor tiempo en Le Mans.

Croupier en Las Vegas,
beso en tu piel,
taxista en Londres.

Ídolo del fútbol,
cronista de guerra,
pianista de un crucero.

Pero si me dan a elegir,
entre todas las vidas,
yo escojo
la del cantante maldito
con la voz rota,
con sonrisa ladina,
con cara de bribón,
el viejo truhán, poeta
de calles vacías.

Vaquero en el Oeste,
insumiso en el cielo,
dueño de un burdel.

Tatuaje en tu espalda,
tenor en Rigoletto,
monje en el Tibet.

Bongosero en la Habana,
escritor sin futuro,
Casanova en Venecia.

Polizón en tu cama,
guapo en un culebrón,
marinero en Marsella.

Vocalista de orquesta,
detective en apuros,
espía en Alemania.

Amante en tus sueños,
suicida en el viaducto,
ángel redentor.

Pero si me dan a elegir,
entre todas las vidas,
yo escojo
la del cantante maldito
con la voz rota,
con sonrisa ladina,
con cara de bribón,
el viejo truhán, poeta
de calles vacías.

(Homenaje a Joaquín Sabina)

11 de febrero de 2011

Gaeilge Seoladh Riomhphoist

El grupo de cinco personas empezamos a descender la ladera de la montaña hacia la pequeña población que ocupa el estrecho valle y que tenemos que cruzar para llegar a nuestro destino. Adónde nos dirigimos o la razón de nuestro andar se me escapan, igual que la identidad de la gente que camina junto a mí. Los conozco, de eso estoy seguro. De hecho, sé que les conozco bien, es sólo que, bueno, ahora mismo no sé quiénes son. Hasta el punto de que no sé si se trata de hombres o mujeres, aunque creo que de los cuatro, dos o tres de ellos son hombres. Más allá de eso, no me atrevo a aventurar nada.

Finalmente, llegamos al pueblo y empezamos a cruzar sus calles, cuando por alguna razón que se me escapa, la única manera de proseguir en nuestro camino es a través de las casas, que forman una especie de muralla entre dos partes del pueblo. Ni cortos, ni perezosos, abrimos las puertas de una de las casas y entramos con total tranquilidad, encontrándonos en el salón de estar a una pareja en la treintena que sin mostrar sorpresa alguna nos indica que para proseguir, debemos subir al segundo piso y recorrer el pasillo que conecta con otra casa. Sin más demora, subimos las escaleras de ese casa de paredes color salmón y abrimos una pesada puerta de madera gastada que daba paso a un pasillo en las paredes del cual, la pintura estaba envejecida y se respiraban ciertos rastros de moho.

Varios metros después, nos aguardaba otra puerta, similar a la anterior y, tras abrirla, entramos en el salón comedor, de paredes beige, de otra casa. De pie, una mujer rubia de cuarenta y pico años sostiene en brazos a una niña, rubia también, de alrededor de un año. Cerca de ellas, sentada en un sofá y viendo la televisión se encuentra una joven de pelo pajizo. Al entrar en la escena, la niña se me queda mirando y me dirige una gran sonrisa de ángel. Sin dudarlo, me acerco a ella y empiezo a jugar con ella, mientras el resto de mis compañeros de viaje se lanzan hacia la joven del sofá.

La mujer de mediana edad, me mira con una sonrisa y me acerca a la niña para que la sostenga en brazos. La cojo con suavidad pero de manera firme y, mientras pasó una mano por su cabello, levanta su mirada hacia mí y clava sus ojos azules en los míos. Unos ojos de un azul profundo idénticos a los de mi sobrina. Por mi lado, pasan el resto de compañeros decididos a proseguir el viaje, así que dándole las gracias, retorno a la niña a la mujer de mediana edad y, cuando me giro para irme yo también, alguien me llama por detrás.

Vuelvo a girarme y me encuentro con que la joven se ha levantado del sofá y se acerca a mí. Ahora que la veo de cerca, me doy cuenta de que no es tan joven como parecía, debe tener más o menos mi misma edad. Sus facciones suaves y su sonrisa no me son desconocidas, pero no acabo de tener claro a quién me recuerdan. Con un papel y dos bolígrafos en la mano se acerca hasta mí y me propone de que nos intercambiemos las direcciones de correo electrónico. La situación me hace gracia y accedo. Parte en dos el papel y cada uno cogemos uno de los bolígrafos y nos ponemos a escribir. Acabada la tarea, nos pasamos los papeles y, cuando vemos la dirección del otro, al unísono nos ponemos a reír. Ambas direcciones están en gaélico. Volvemos a dejar los papeles en la mesa y nos miramos mientras seguimos riendo.

Abre la boca para hablar, cuando del piso de abajo llegan los gritos de mis compañeros llamándome.

Despierto.

10 de febrero de 2011

Por Ti

Sin dudarlo, 
por ti, 
ascendería a la más alta cumbre, 
atravesando un mar de nubes. 

Sin temor alguno, 
por ti, 
descendería a los mismo infiernos, 
soportando las más atroces torturas. 

Sin temor alguno, 
por ti, 
me enfrentaría a un ejército, 
encarando sus fieros cañones. 

Sin dudarlo, 
por ti, 
cruzaría los siete mares, 
llegando, si hace falta, al fin del mundo. 

Sin dudarlo, 
por ti, 
plantaría cara a mis miedos, 
enfrentándome a mis demonios. 

Sin temor alguno, 
por ti, 
lucharía contra toda adversidad 
para que tus sueños se hicieran realidad. 

Pero no me pidas 
que, por ti, 
deje de ser yo.

9 de febrero de 2011

Tacto de una Mariposa de Tinta

Seamos honestos, la concentración nunca ha sido uno de mis puntos fuertes. Siempre he sido una persona de esas cuya atención se distraía con facilidad, con el simple vuelo pasajero de una mariposa errabunda. Pero hoy, hoy mi capacidad de atención está alcanzando cotas realmente bajas. O quizás no. Supongo que depende del enfoque.

Pero es que no puedo evitarlo. Lo intento una y otra vez. Centrarme en los diagramas, en las explicaciones, en lo que me cuenta la persona de al lado, en cualquier otra cosa, pero me es imposible. Una vez y otra, y otra, mi atención vuelve, cual alma condenada, hacia ella.

La piel de sus hombros, levemente bronceada y suave al tacto, amenaza con ocupar toda mi mente, impidiéndome pensar en ninguna otra cosa que no sea acercarme hasta ella.

Y en aquellos momentos en los que empieza a parecer que estoy capeando el temporal, que esa pasajera obsesión ha pasado de largo, vuelve a mí el recuerdo de la textura de su piel, la presión de su cuerpo.

Como un dolor fantasma, las yemas de mis dedos reviven el pasado y me llenan de deseo de sentir el tacto de una mariposa de tinta.

8 de febrero de 2011

La Historia del Zarévich Viktor (II)

Y siguió adelante, un día tras otros, hasta que, de repente, se presentó ante él, una enorme loba de piel plateada, que, en un segundo se abalanzó sobre el caballo y lo despedazó. Viktor, sin dejarse desanimar, siguió su camino a pie y continuó andando, andando hasta que no pudo avanzar más debido al cansancio y al dolor de los pies, y se detuvo a tomar aliento y descansar un momento. Entonces, fue cuando lo invadió una gran pena y rompió en amargo llanto. En ese momento, se le apareció nuevamente la loba plateada.

- Siento, zarévich Viktor, - habló con voz cristalina - haberte privado de tu caballo. Monta sobre mí y yo te llevaré a donde necesites.

Sin pensárselo dos veces, Viktor montó sobre ella y, apenas había nombrado al Pájaro de Fuego, la Loba Plateada echó a correr con la velocidad del viento, sin detenerse en ningún momento hasta que llegó frente un robusto muro de piedra.

- Este muro rodea el jardín en el que se encuentra el Pájaro de Fuego, encerrada en su jaula de oro. Trépalo y, escúchame bien, zarévich Viktor, coge una de sus plumas pero guárdate de tocar la jaula.

No sin esfuerzo, Viktor franqueó el muro y llegó al centro del jardín. Lentamente se acercó a la luz rojiza que procedía del Pájaro de Fuego y se agachó para coger una de las plumas que se encontraba sobre la hierba. Entonces, su mirada se encontró con la del Pájaro que estaba triste de encontrarse encerrado en un lugar tan estrecho. Sin pensarlo, Viktor cogió la jaula para dejarlo libre pero, apenas la hubo tocado cuando sonaron mil campanillas que pendían de infinidad de cuerdecitas tendidas en la jaula. Se despertaron los guardianes del jardín y prendieron al zarévich Viktor, llevándolo ante el zar Dolmat.

- ¿Quién eres? - le habló enfadado - ¿De qué país provienes? ¿Cómo te llamas?

Viktor le contó la historia de la aflicción de su padre.

- ¿Te parece digna del hijo de un zar la acción que acabas de realizar? Si hubiese venido a mí directamente y me hubieses pedido una pluma del Pájaro de Fuego, yo te la habría dado de buen grado; pero ahora tendrás que ir a mil leguas de aquí y traerme el Caballo de las Crines de Oro, que pertenece al zar Afrón. Si lo consigues, te entregaré el Pájaro de Fuego.

Volvió Viktor junto a la Loba Plateada.

- ¡Ay, zarévich Viktor! ¿Por qué no hiciste caso de lo que te dije? ¿Qué haremos ahora?

- No podía dejar al Pájaro de Fuego atrapado en esa jaula. He prometido al zar Dolmat que le traeré el Caballo de las Crines de Oro. Y tengo que cumplirlo, porque si no, no me dará el Pájaro de Fuego.

- Bien. Pues móntate de nuevo sobre mí y vamos allá.